Por Peter Kogelbauer

¿Te apetecería poder disfrutar más del tacto con tu pareja y sentirte más cerca y más conectado/a con ella/él en la intimidad? ¿Te gustaría ser capaz de tocar con más sensibilidad? ¿Aguantas una forma de ser tocada/o en la intimidad que no te gusta, pero sigues y no lo comentas con tu pareja? ¿O incluso haces ver cómo si te gustara? ¿Notas que el tacto con tu pareja se ha vuelto rutinario o aburrido – y te gustaría incorporar una nueva frescura a vuestra intimidad?

Por una parte el tacto es uno de los grandes placeres en la vida. De una forma muy profunda nos puede trasmitir la sensación de ser aceptadas/os, ser amadas/os, de sentirnos completas/os – y es uno de los ingredientes básicos en el encuentro y juego erótico.

Por otra parte es fácil que nos encontremos con una de las sombras del tacto: si no estamos conectadas/os con nosotras/os mismas/os – o no escuchamos a nuestra pareja íntima, el tacto se puede volver invasivo, o tocamos para complacer a la otra persona olvidándonos de nosotras/os mismas/os, o nos quedamos en la confusión sin saber qué queremos; o quizás acabamos evitando el contacto íntimo por completo.

En mi práctica con parejas veo que en parejas de larga duración es muy habitual que una de las dos personas aguanta un tacto que la otra persona cree que le gusta a su pareja, pero que no es así, y nunca lo han hablado. En el tacto íntimo muchas veces se presupone mucho, y se comunica poco.

"Lo que llamamos 'conexión' no es algo mágico que cae del cielo, es algo que construimos – y la comunicación es un ingrediente imprescindible."

Para entender mejor este dilema, nos puede ayudar analizar cómo hemos experimentado el tacto en la infancia. De pequeñas/os vivimos múltiple situaciones en las que nos tocaban de una manera que no queríamos – con la mejor intención: nos cogieron para evitar que no chocásemos contra un coche, nos tocaban y movían nuestros brazos y piernas para vestirnos, quizás con prisa, nos daban de comer, nos limpiaban, etc. … y muchas veces no podíamos entender el porqué. La experiencia se quedó grabada muy profundamente en nuestro cuerpo: “me tocan y me hacen cosas que no entiendo y no me gustan.” Y “lo que sucede fuera de mí es más importante que cómo yo me siento al respecto.” Esta experiencia la vivimos de formas muy diferentes a lo largo de nuestra infancia.

Muchas/os hemos tenido una vivencia similar en las primeras experiencias sexuales, que se suelen vivir de forma escondida, con inseguridades y vergüenza. Muchas veces hemos adquirido la costumbre de aguantar el contacto, o de tocar de forma invasiva, sin comunicar. Nos hemos acostumbrado a aceptar el tacto del otro/a para complacer. Y el impacto es más grave si hay abuso.

Si la cosa fluye en el encuentro erótico y ambas personas disfrutan sin hablar, genial. Pero en muchos momentos puede haber malentendidos, “no hay conexión” como decimos. Lo que llamamos “conexión” no es algo mágico que cae del cielo, es algo que construimos – y la comunicación es un ingrediente imprescindible.

Crear más conexión en el encuentro íntimo quiere decir primero estar más conectado con uno mismo, con los propios deseos y necesidades. Poder expresar lo que uno quiere. Y poder entrar en resonancia con la otra persona, escuchando de forma verbal y non-verbal. Un punto clave es dándonos el permiso para decir que no, además del sí, – y poder aceptar el no de la pareja. Espacios íntimos se crean gracias a esta libertad de poder decir que sí y no, y conocer formas asertivas para expresar un “no”.

"Desde el consentimiento podemos ser espontáneas/os, creativas/os, jugar con nuestros cuerpos, deseos y fantasías. Podemos construir nuevos mundos."

Podemos crear espacios seguros y consensuados, de respeto y permiso, para explorar el tacto, nuestros deseos, límites y necesidades de muchas formas diferentes, por ejemplo: podemos pedir exactamente el tacto que nos apetece, podemos ponernos al servicio de nuestra pareja, podemos entregarnos al deseo del otro o seguir la propia preferencia cuando tocamos. En cada faceta del tacto podemos encontrar y practicar un valor espiritual profundo. Pero la base del tacto y placer compartido es siempre la misma: crear un espacio consentido. Es el consentimiento que da sentido al tacto en el encuentro íntimo. Sino se vuelve una obligación, una rutina, quizás incluso una molestia. Para crear este acuerdo hace falta un interés activo por ambas partes. Si entendemos las diferentes dinámicas que podemos crear en el tacto, se amplía nuestra visión de lo que es posible. Desde el consentimiento podemos ser espontáneas/os, creativas/os, jugar con nuestros cuerpos, deseos y fantasías. Podemos construir nuevos mundos.

Si quieres aprender a disfrutar más del tacto y de todas sus maravillosas facetas ConSentido, puedes venir a nuestros encuentros, cursos y sesiones individuales.